sábado, 22 de enero de 2011

SERVIR, ESTES DONDE ESTES

“Los laicos pueden realizar su vocación en el mundo y alcanzar la solamente comprometiéndose activamente a favor de los pobres y los necesitados, sino también animando con espíritu cristiano la sociedad mediante el cumplimiento de sus deberes profesionales y con el testimonio de una vida familiar ejemplar. No pienso sólo en los que ocupan puestos de primer plano en la vida de la sociedad, sino en todos los que saben transformar en oración su vida cotidiana, poniendo a Cristo en el centro de su actividad. El será quien atraiga a todos a sí, saciando su “hambre y sed de justicia”

¿No es ésta la lección que se desprende del final de la parábola del buen samaritano ? Después de los primeros cuidados de asistencia al herido, el buen samaritano se dirige al posadero. ¿Qué hubiera podido hacer sin él? De hecho el posadero, permaneciendo en el anonimato, realizó la mayor parte del trabajo. Todos pueden actuar como él cumpliendo sus propias tareas con espíritu de servicio. Toda ocupación ofrece la oportunidad, más o menos directa de ayudar a quien lo necesita. Naturalmente, esto es más palpable en el trabajo de un médico, un maestro, un empresario, siempre que se trate de personas que no cierran los ojos a las necesidades de los demás. Pero también un empleado, un obrero o un agricultor pueden encontrar muchos modos de servir al prójimo, un grupo de amigos, aún en medio de dificultades personales, a veces incluso graves. El cumplimiento fiel de los propios deberes profesionales es practicar ya el amor por las personas y la sociedad.

Ahora la pregunta de rigor, ¿Es necesario estar en un equipo de origen católico, para ayudar y sentirse comprometido con los demás?

viernes, 7 de enero de 2011

EL SEXO Y LA IGLESIA

La mayoría de los católicos ignora que los sacerdotes y obispos no tenían prohibido el matrimonio durante los primeros diez siglos de vida cristiana. Además de San Pedro, otros seis papas vivieron en matrimonio y -más llamativo aún- once papas fueron hijos de otros papas o miembros de la Iglesia, sin que ese linaje afectara la santidad de sus actos. Hasta el Concilio de Elvira, que lo prohibió en el año 306, un sacerdote podía incluso dormir con su esposa la noche antes de dar misa. Eso comenzó a cambiar diecinueve años más tarde, cuando el Concilio de Nicea estableció que, una vez ordenados, los sacerdotes no podían casarse.

En 1073, Gregorio VII impuso el celibato. Uno de sus teólogos, Pedro Damián, dictaminó que el matrimonio de los sacerdotes era herético, porque los distraía del servicio al Señor y contrariaba el ejemplo de Cristo. Si bien la intención del Papa era restaurar la derruida moral del clero y purificar a la feligresía con ejemplos de castidad, decenas de historiadores -incluyendo los más piadosos- suponen que la decisión de imponer el celibato fue también un medio para evitar que los bienes de los obispos y sacerdotes casados fueran heredados por sus hijos y viudas en vez de beneficiar a la Iglesia. En 1123 el Concilio de Letrán decretó la invalidez del matrimonio de los clérigos y, como la norma no hallaba completa obediencia, dieciséis años más tarde el segundo Concilio de Letrán la confirmó. Cuando el Concilio de Trento fijó la excelencia del celibato sobre el matrimonio, hizo doctrina de las palabras con que San Gregorio Magno había condenado el deseo sexual durante su papado, en el siglo VI. Sólo la Iglesia Oriental que adscribe a Roma admite sacerdotes casados, pero deben haber contraído matrimonio antes de la ordenación y nunca llegarán a obispos.

Para los católicos, el paso por este mundo es sacrificio y sufrimiento, tal como lo escribió Santa Teresa: "Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero". Pero así como el placer del sexo fuera del matrimonio está prohibido por la doctrina, para las religiones védicas de la India es un camino de aprendizaje y un elemento de vida: "Atravesada por un ardor que te devora, la boca seca, te arrastrarás hacia mí, dulce, sin ira, toda mía, la voz tierna, fiel", dice una plegaria hindú para ganar el amor de una mujer, en el Atharva-Veda.
¿Cuál es el sentido de reprimir las expresiones de la sexualidad, no sólo entre los clérigos sino también en la vida diaria? ¿Qué gana la fe católica con eso? Se teme que el placer distraiga de la oración, de la relación con Dios, pero el menosprecio de la mujer en los seminarios y la contradicción de los impulsos naturales del hombre en realidad no fortalecen los vínculos entre la Iglesia y el pueblo de Dios. Al contrario, el celibato obligatorio suele desanimar algunas vocaciones sacerdotales y provocar defecciones en el clero.

Si bien creía que "la vigente ley del sagrado celibato" debía seguir "unida firmemente al ministerio eclesiástico", Pablo VI, atento a los clamores de modernización del Concilio Vaticano II, analizó las objeciones en una encíclica memorable, Sacerdotalis caelibatus , de 1967. Allí se preguntó: "¿No será ya llegado el momento de abolir el vínculo que en la Iglesia une el sacerdocio con el celibato? ¿No podría ser facultativa esta difícil observancia? ¿No saldría favorecido el ministerio sacerdotal si se facilitara la aproximación ecuménica?".

Acaso a Dios lo tengan sin cuidado los deslices del ex obispo Lugo, porque su gloria está más allá de lo que establecen los seres humanos. Pero la inflexibilidad de la doctrina deja entre los católicos la pregunta sobre el sentido de normas creadas por la Iglesia hace diez siglos, que no existían antes y no tendrían por qué existir para siempre. Jesús predicó la humildad, el amor a Dios y a los semejantes. Sus lecciones de vida siguen siendo claras. A veces, en el afán por interpretarlas, los seres humanos las oscurecen.

No sería bueno que el Vaticano volviera a analizar el abolir en nuestra iglesia el celibato?. Para qué seguir con algo que realmente no respetan la gran mayoría de los sacerdotes?....

lunes, 20 de diciembre de 2010

NAVIDAD

Ultimos dias para que llegue la navidad, la gente vuelta loca comprando, las propagandas de los articulos se extendió hasta las pantallas de internet, muchos compran por esa vía. No se habla otra cosa, de lo que falta para que llegue ese día. Las familias y amigos se reunen en torno a una mesa completamente llena de deliciosos manjares, vinos y licores para festejar esta noche, se espera con ansias poder abrir cada regalo, los más felices son los niños, pues al fin llegará el "Viejito Pascuero", y podrán obtener lo que le han pedido....Pero....¿No faltará algo importante?....Yo creo que sí, El invitado principal mi amigo...., Jesús, nadie lo nombró entre tanto revuelo de compras y preparativos; A el se le hace esta fiesta, la cual debería ser tan humilde como el día de su nacimiento, pero desgraciadamente, el comercio invade las mentes de grandes y chicos. ¿Qué podemos hacer?....Por lo menos prometerle a nuestro buen Dios, ser mejores personas, humildes y gentiles......
Que pasen una linda navidad y que el año nuevo que se aproxima, podamos enfrentarlo llenos de optimismo, fe y esperanza de que los sueños futuros sean complacidos....
Edo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

EL DIA QUE QUEDAMOS HERIDOS DE MUERTE....

Fue un día que nos levantamos con la fe puesta de que hoy empezábamos un nuevo caminar, con una persona que se había negado cuantas veces a ser apóstol, pero por dirigir una comunidad que había sido su vida los últimos once años, aceptaba, sin pedir nada a cambio.

Desde temprano esa mañana, empezaron a suceder cosas extrañas, llamadas de atención, algunos malos modos y al final ingresamos a uno de los salones del colegio. Hicieron su presentación un grupo de dinámica, basados en el alejamiento de algunos papas del equipo, y porque no se les llamaba y otras cosas más, que hoy, sería ideal que volvieran a hacer las mismas preguntas. Perdón y reconciliación sería el lema de este año….? Me pregunto…¿Cuál perdón? Y ¿Cuál es la reconciliación?...

Al poco tiempo de caminar por un trayecto lleno de obstáculos, nos dimos cuenta que ya habíamos olvidado el lema de este año. El perdón ya no existía, ni menos la reconciliación, ya que por cuentos de personas que ni siquiera vale la pena mencionar, simplemente se le pidió la renuncia a un coordinador por problemas particulares y que habían pasado hace una gran cantidad de años y para más, que no tenía ninguna connotación pertinente a los días de ese entonces….¿Perdón y Reconciliación?.....Poco a poco, nos hemos ido alejando de ese entorno y pienso a ciencia cierta. que el capítulo de la gran comunidad de antaño, ya dejó de ser el sitio que con ansias esperábamos que llegara el día en que compartíamos, nos dábamos un abrazo fraterno, nos olvidábamos de los problemas, resolvíamos, y prometíamos que el próximo Jueves nos encontramos. Hoy amigos, escasamente nos saludan de mano, solo por el hecho de no estar de acuerdo con el camino que lleva la comunidad. El camino estaba claro, seríamos los mejores esposos, los mejores papás, hoy, y con el tiempo seguramente, ni siquiera se acordaran del proyecto que había para la familia, sólo habrá que rezar, rezar rezar….

jueves, 11 de noviembre de 2010

EL ENCANTO DE LA VEJEZ

Cuando caminamos con paso firme por el sendero que nos llevará al descanso y gozo eterno, es bueno pensar que es lo que nos espera de estos últimos años de vida terrenal llena de soberbia, mentiras, malos tratos, y cuantas cosas más, que no vale la pena enumerar.

«Al atardecer se levantará para ti una especie de luz meridiana, y cuando creyeres que estás acabado, te levantarás cual estrella matinal. Estarás lleno de confianza por la esperanza que te aguarda»(Job 11, 17-18)

SER ANCIANO implica haber vivido una prolongada existencia, encontrarse al final de un largo viaje, quizá demasiado cansado. La ancianidad es también tiempo de despedidas. Las cosas y los afanes le van dejando a uno. También la gente querida que ha partido antes que nosotros. Con frecuencia, como recuerda Ovidio, se siente el abandono de quienes más nos debían. La ancianidad es antesala natural de la muerte y del juicio divino; antesala, según el plan de Dios, del gozo y descanso eternos. Pero no se puede olvidar que la ancianidad pertenece todavía al tiempo del peregrinaje terreno. Es, por tanto, tiempo de prueba, tiempo de hacer el bien, tiempo de labrar nuestro destino eterno, tiempo de siembra. No puede concebirse la vejez como una época fácil de nuestra vida. A los trabajos propios del peregrinaje sobre la tierra —eso es la vida humana— se suman la progresiva pérdida de fuerzas, la inercia de cuanto se ha obrado anteriormente, los característicos defectos de la vejez contra los que es necesario luchar, los inconvenientes que plantea este siglo nuestro tan inhumano.

Es inevitable envejecer; pero no se puede ser buen anciano —y son tan necesarios— sin mucha gracia de Dios y sin una continua lucha personal. Por ello, la vejez, que es tiempo de serena recogida de frutos, puede ser también tiempo de naufragios. Se atribuye al general De Gaulle esta descripción amarga de la ancianidad: «La vejez es un naufragio.» La frase debe calificarse en ocasiones como de muy justa. No es sólo un naufragio de las fuerzas físicas o una disminución paulatina de las mismas fuerzas morales: inteligencia y voluntad. Es un naufragio de todo el hombre. Digamos que en la vejez puede revelarse con todas sus fuerzas —y sin piadosas vendas que lo oculten—el naufragio de toda una vida. Tantas veces el estrepitoso derrumbamiento moral de la vejez muestra que se naufragó en la adolescencia, en la juventud, en la madurez. Metido en la corriente de la vida, se intentó almacenar, como el cocodrilo, las pequeñas piezas cobradas en sórdidas cacerías, y el paso del tiempo lo único que hace es difundir su olor a podrido.

En oposición a la adolescencia —que es tiempo de promesas y de esperanzas, tiempo en que el ensueño desdibuja los perfiles de las cosas y de las acciones—, la ancianidad es tiempo de recuento, de verdad desnuda, de examen de conciencia. Y aquí radica no poco de su utilidad y de su grandeza. Digamos que la misma debilidad de la vejez es su mayor fuerza y, a una mirada cristiana, uno de sus principales encantos.

Y no es que sea aceptable la concepción del hombre como un ser-para-la-muerte, un ser que alcanzase su realización en la propia destrucción. Quédese esto para quienes conciben al hombre como un ser vomitado con la amargura de quien se cree hijo del azar y no de una omnipotente y amable sabiduría creadora. E1 hombre no es fruto del azar. Su misma estructura material ha sido delineada por la sabiduría amorosa del Creador; infundióle Dios un alma inmortal, capaz de conocer y de amar trascendiendo lo efímero, capaz de desear una vida y un amor eternos. El hombre fue creado para vivir, y no para envejecer o morir.

Y. sin embargo, la misma debilidad de la vejez —que es un mal, en cuanto que es carencia de vida— es su mayor fuerza. Lejanos ya los sueños de la adolescencia y los delirios de la juventud, el anciano puede enfrentarse a la verdad con una sobriedad y con un realismo superiores a los de las demás épocas de la vida. Se hace así más fácil descubrir con una nueva nitidez lo que es importante y lo que es intrascendente, distinguir lo fugaz de lo que permanece. La ancianidad pertenece al ciclo vital humano. Antesala de la muerte, la vejez prepara para el encuentro definitivo con Dios, para ese juicio divino que va a recaer sobre toda nuestra existencia.

La debilidad inherente a la vejez ayuda a despojarse de todo vano afán, de toda estúpida soberbia. Si a lo largo de la existencia el hombre superficial ha podido olvidarse de su humilde origen, de que ha sido hecho, de que es una débil criatura, la vejez le otorga una oportunidad inmejorable para volver al sentido común, a la contemplación de las realidades elementales. La ancianidad facilita el cumplimiento de aquella primera regla del ideal,... —conócete a ti mismo—, expresión que en su sentido inicial quería decir: conoce tus limitaciones, tu condición mortal respecto a los inmortales, para que no te rebeles contra ellos.

La ancianidad es tiempo de recoger frutos y tiempo de siembra. Siendo un mal, Dios la ha permitido, porque de ella pueden surgir bienes superiores. E1 dolor, la soledad, la sensación de impotencia, se convierten —tantas veces— en imprescindible colirio para curar los ojos del alma y abrirlos a las realidades trascendentes. También la ancianidad está bajo la mano providente y amorosa de nuestro Padre Dios.

La medicina divina es enérgica, pero el hombre sigue siendo hombre y libre: puede no aprovecharla. Es posible que quien naufragó a lo largo de toda su vida naufrague también en esta última época, ya cercana la última batalla entre el pecado y Dios, en que se juega la suerte eterna. El proceso de involución, que se inició con el primer pecado y que ha podido irse acelerando —generalmente por la pereza y la soberbia—, puede seguir avanzando, y la egolatría terminar en un lamento estéril por el ídolo caído. Se avanzaría así, casi inexorablemente, hacia el endurecimiento total del corazón, precursor del infierno. Y es que la ancianidad, como toda época de la vida, puede ser bien vivida o mal vivida; pero es una época quizá fatigosa —¿cuál no lo es?—, en la que Dios nos espera, nos asiste, llama a la puerta de nuestro corazón, y en la que tiene más importancia de lo que a veces sospechamos la respuesta de nuestras libres decisiones.

No es la vejez una época vacía o inútil. Es época de lucha, de heroísmo, de santidad. A pesar de la decadencia física, la gracia de Dios rejuvenece el alma con fuerzas sobrenaturales, hacienda la santidad tan asequible como en la adolescencia.

Pero decíamos que, a una mirada cristiana, la ancianidad tiene un encanto especial, como la niñez, la enfermedad o la pobreza. En efecto, si cada hombre es Cristo, los débiles lo son especialmente. Dios, que es misericordioso con todas sus criaturas, siente una ternura especial por las más desamparadas. Los enfermos, los niños, los ancianos son de una forma especial el mismo Cristo que nos sale al encuentro. Resuenan con fuerza eterna aquellas palabras del Maestro en la descripción del juicio final: «Venid, benditos de mi Padre, entrad a poseer el reino que os está preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber (...); estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; (...) En verdad os digo, cuantas veces se lo habéis hecho a uno de los más pequeños de estos mis hermanos, a mí me lo habéis hecho» (Mt. 25, 34-40)

Los ancianos constituyen en realidad una parte importante del tesoro humano y sobrenatural de la humanidad entera. La picaresca de un mundo deshumanizado —precio inherente al ateísmo— se esfuerza en poner de relieve que los ancianos son una carga, subrayando sus defectos. A este triste materialismo hedonista sólo hay un yugo que no le parece insoportable: la esclavitud a placeres desnaturalizados en un frenesí cada vez más insaciable.

No es verdad que los ancianos sean inútiles o constituyan una carga difícil de soportar, aunque a veces su misma debilidad material les convierta en ocasión de que los hombres y la sociedad entera practiquen con ellos la virtud de la caridad en cumplimiento de unas dulces obligaciones que, casi siempre, dimanan de estricta justicia. ¡Ellos, en cambio, aportan tantas cosas con su presencia! Nos dieron mucho, cuando se encontraban en plena fuerza; nos lo dan ahora, en el ocaso de su vida, con su presencia venerable, con su sufrimiento silencioso, con su palabra acogedora. Privar a la humanidad de los ancianos sería tan bárbaro como privarle de los niños. Dios cuenta con los ancianos para el bien de todos nosotros. Ellos son útiles en tantas cosas humanas; son útiles, sobre todo, en el aspecto sobrenatural. Forman parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y lo enriquecen con su santidad, con su oración, con sus sacrificios. Si ninguna vida es inútil a los ojos de Dios, mucho menos puede serlo la de aquellos que sufren física o moralmente. Estas vidas, en las que se refleja con especial vigor la Cruz de Cristo, adquieren a la mirada divina un relieve y un valor inexpresables.

Los ancianos, vivificados par la gracia de Dios, pueden ejercer ese «sacerdocio real» de que habla San Pedro (1 Pedr 2, 5 ), ofreciendo su vida —unidos a Cristo— como acción de gracias, como impetración, como reparación. La vida, entonces, se ennoblece, y el alma descubre horizontes de universalidad insospechados.

Es la vejez tiempo de sufrimiento, tiempo de santidad, tiempo de hacer el bien. Es la vejez, también, tiempo de despedida; y en las despedidas se suelen decir las cosas más importantes. No es la vejez —no puede ser— tiempo de jubilación en lo que se refiere a la ayuda humana y sobrenatural a los demás. Aunque las circunstancias han cambiado, permanecen en su sustancia las mismas obligaciones y los mismos lazos entrañables que fuimos adquiriendo durante la vida. Ningún bien nacido puede recordar a sus padres, ya ancianos, sin conmoverse. Cuando la muerte nos los arrebata, sentimos una irreparable pérdida, nos duele la orfandad, aunque les sabemos en el cielo. No es sólo la sensación lógica de haber perdido la tierra donde hundíamos nuestras raíces; es, por encima de eso, el claro convencimiento de que con ellos se nos ha ido el cariño más desinteresado, de que hemos perdido nuestra mejor custodia. Nos damos cuenta, quizá demasiado tarde, de que, a pesar de su invalidez, eran nuestro mejor tesoro, de que con su presencia nos hacían mucho bien. Nos conforta la seguridad de que, ahora de una forma invisible, nos siguen custodiando desde el cielo, de que conservamos los mismos vínculos, ahora más queridos y beneficiosos. Y nos queda el orgullo de que en ningún momento, ni siquiera en los de su mayor postración, nos fueron inútiles. Su rostro deseado, surcado por las arrugas de tantos sufrimientos, es ahora una de esas pequeñas luces que iluminan indeficientemente la noche de nuestra vida. De su mano —que antaño nos enseñó a andar— podemos aprender —aún en nuestra misma ancianidad— esas lecciones que son las que más importan, las que orientan toda la vida hacia su verdadero centro: hacia esa Hermosura, esa Bondad y ese Poder indeficientes de nuestro Padre-Dios; hacia esa fecundidad del espíritu que no mengua cuando el vigor de la carne muere.
Y........Aún seguimos siendo soberbios?
Los quiero mucho..,Edo

jueves, 4 de noviembre de 2010

ENTRE EL AMOR Y EL ODIO

Se ha dicho que hay que amar al prójimo "como a ti mismo". Pero esto significa lo siguiente: el amor de sí mismo, la afirmación del propio ser, ofrece la forma y la medida para el amor al prójimo. El amor de sí mismo es una cosa natural y necesaria, sin la que el amor al prójimo perdería su propio fundamento. Pero ¿cómo es posible encontrar una unidad interna en estos dos grupos?.

Todos los hombres han sido llamados a la salvación. El hombre es querido y amado por Dios y su tarea máxima consiste en corresponder a este amor. No puede odiar lo que Dios ama. No puede destruir lo que está destinado a la eternidad. Ser llamados al amor de Dios es ser llamados a la felicidad. Ser felices es un deber humano-natural y sobrenatural.

Cuando Jesús habla de negarse a sí mismo, de perder la propia vida, etc., está indicando el camino de la justa afirmación de sí (amor de sí mismo) que reclama siempre un abrirse, un trascender. Pero la necesidad de salir de sí, no excluye la autoafirmación, sino todo lo contrario: es el modo de encontrarse a sí mismo y de "amarse".

No es difícil odiarse a sí mismo, pero las gracias de las gracias sería amarse a sí mismo como un miembro del cuerpo de Cristo. El realismo de esta afirmación es evidente. Hay muchas personas que viven en contradicción consigo mismas. Su aversión a sus propias personas, su incapacidad de aceptarse y de reconciliarse consigo mismas, queda muy lejos de la “auto – negación “ pretendida por el Señor. Quien no se ama a sí mismo no puede amar a su prójimo. No le puede aceptar “como sí mismo“, porque esta contra sí mismo y por tanto es incapaz de amarle partiendo de los profundo de su ser.

Todo esto significa lo siguiente: egoísmo y amor auténtico de sí mismo no solo no son idénticos, sino que se excluyen. Uno puede ser un gran egoísta y estar en discordia consigo mismo. Sí, el egoísmo proviene con frecuencia precisamente de una lesión interna, de un intento de crearse otro yo, mientras que la justa relación con el yo crece con la libertad de sí mismo.

martes, 19 de octubre de 2010

LA FAMILIA Y SUS RETOS

Si bien en la relación conyugal se presentan dificultades que no están determinadas por la época y serán las mismas a pesar del tiempo, es evidente que en nuestros días existen más desafíos que en los tiempos pasados. “El matrimonio no es anacrónico en absoluto. Pero es un reto -hoy más que nunca- mantenerse unidos uno al otro”; ¿por qué? es lo que se analiza a continuación.

El siglo XXI ha traído consigo una serie de cambios –sociales, políticos, educativos, científicos, tecnológicos…- algunos de ellos favorables, como otros que han hecho mella en la institución matrimonial y por consiguiente en la familia. Por tanto, se convierte en una necesidad básica que los esposos construyan bases sólidas además de decisiones fehacientes, las cuales deberán permanecer firmes pese a las influencias negativas ofrecidas en el ambiente circundante. He aquí una descripción a nuestro modo de ver, de los cinco retos principales que deben enfrentar los matrimonios de estos tiempos:

Infidelidad y sexualidad: la opinión pública, al que igual que varios medios de comunicación actuales, no protegen ni promocionan el matrimonio, incluso se podría decir que se hace propaganda a la infidelidad. Asimismo, hay que tener especial cuidado con la tergiversada sexualidad, es decir, aquella que parte de una concepción utilitarista, la cual carece de su carácter humano y afectivo-emocional, en donde el único objetivo es satisfacer los impulsos, los sentidos, la gratificación física. Cuando la sexualidad ha perdido su norte, se dan todas las condiciones para caer en la infidelidad, pues es una búsqueda de goce inmediato, que no mide las consecuencias que ello conlleva.

Relación trabajo-familia: se hace más patente en la actualidad que en las épocas pasadas, la distribución desequilibrada del tiempo a favor del trabajo y en contra de la familia. “Muchas veces los esposos tienen distintos campos de acción, ya sea en la familia, en la profesión fuera del hogar. No se ven durante muchas horas del día. Sin embargo, tienen contacto con otras personas, hombres y mujeres, y con ellos comparten sus intereses y planes profesionales. Cuando vuelven cansados a casa, ya no tienen fuerzas para dialogar o hacer planes y esto genera una distancia entre los esposos.”
No obstante, también hay que reconocer que es un problema de parte y parte, pues falta conciencia de ciertas empresas para propiciar horarios justos y flexibles, como también es preciso que los trabajadores aprendan a delimitar los espacios y reclamen respeto hacia sus prioridades familiares.

El manejo de las nuevas tecnologías: existe una frase coloquial de autoría desconocida que expresa: “la tecnología es aquello que acerca a los desconocidos y aleja a los conocidos”. En la actualidad, muchos reprochan de sus cónyuges el mal uso de los dispositivos móviles, computadores, celulares, entre otros, pues pareciera que desplazan a la familia o a su propia pareja. Es un verdadero reto para los matrimonios jóvenes, establecer los límites de las nuevas posibilidades comunicativas que brindan los avances tecnológicos.

Las crisis matrimoniales y la actitud ante las dificultades: algunas corrientes modernas pretenden vender la ideal del “matrimonio desechable”, el cual promulga que ante la primera dificultad que se presenta, se acuda al divorcio como la primera opción de una supuesta solución. La intolerancia e incapacidad para afrontar las crisis naturales de toda relación, ha hecho que el matrimonio pierda su seriedad, compromiso, responsabilidad y respeto frente a una institución sagrada.

La mujer ayer y hoy: no es para nada reprochable que la mujer haya alcanzado niveles tan altos en los espacios empresariales, como los hombres. No obstante, esta circunstancia propia de los últimos años, ha hecho que el concepto de liberación femenina se haya ido por otros caminos; como resultado: hogares desprovistos de una esposa y madre, quien se ocupa mayoritariamente en conquistar los terrenos laborales.
La reflexión anterior puede tener algo de certeza, pero si de allí no se pasa a la acción, entonces no habremos logrado nada. Vale la pena que los cónyuges le echen un vistazo a estos cinco retos y emprendan un plan con tareas concretas para evitar naufragar en estas circunstancias.