miércoles, 24 de noviembre de 2010

EL DIA QUE QUEDAMOS HERIDOS DE MUERTE....

Fue un día que nos levantamos con la fe puesta de que hoy empezábamos un nuevo caminar, con una persona que se había negado cuantas veces a ser apóstol, pero por dirigir una comunidad que había sido su vida los últimos once años, aceptaba, sin pedir nada a cambio.

Desde temprano esa mañana, empezaron a suceder cosas extrañas, llamadas de atención, algunos malos modos y al final ingresamos a uno de los salones del colegio. Hicieron su presentación un grupo de dinámica, basados en el alejamiento de algunos papas del equipo, y porque no se les llamaba y otras cosas más, que hoy, sería ideal que volvieran a hacer las mismas preguntas. Perdón y reconciliación sería el lema de este año….? Me pregunto…¿Cuál perdón? Y ¿Cuál es la reconciliación?...

Al poco tiempo de caminar por un trayecto lleno de obstáculos, nos dimos cuenta que ya habíamos olvidado el lema de este año. El perdón ya no existía, ni menos la reconciliación, ya que por cuentos de personas que ni siquiera vale la pena mencionar, simplemente se le pidió la renuncia a un coordinador por problemas particulares y que habían pasado hace una gran cantidad de años y para más, que no tenía ninguna connotación pertinente a los días de ese entonces….¿Perdón y Reconciliación?.....Poco a poco, nos hemos ido alejando de ese entorno y pienso a ciencia cierta. que el capítulo de la gran comunidad de antaño, ya dejó de ser el sitio que con ansias esperábamos que llegara el día en que compartíamos, nos dábamos un abrazo fraterno, nos olvidábamos de los problemas, resolvíamos, y prometíamos que el próximo Jueves nos encontramos. Hoy amigos, escasamente nos saludan de mano, solo por el hecho de no estar de acuerdo con el camino que lleva la comunidad. El camino estaba claro, seríamos los mejores esposos, los mejores papás, hoy, y con el tiempo seguramente, ni siquiera se acordaran del proyecto que había para la familia, sólo habrá que rezar, rezar rezar….

jueves, 11 de noviembre de 2010

EL ENCANTO DE LA VEJEZ

Cuando caminamos con paso firme por el sendero que nos llevará al descanso y gozo eterno, es bueno pensar que es lo que nos espera de estos últimos años de vida terrenal llena de soberbia, mentiras, malos tratos, y cuantas cosas más, que no vale la pena enumerar.

«Al atardecer se levantará para ti una especie de luz meridiana, y cuando creyeres que estás acabado, te levantarás cual estrella matinal. Estarás lleno de confianza por la esperanza que te aguarda»(Job 11, 17-18)

SER ANCIANO implica haber vivido una prolongada existencia, encontrarse al final de un largo viaje, quizá demasiado cansado. La ancianidad es también tiempo de despedidas. Las cosas y los afanes le van dejando a uno. También la gente querida que ha partido antes que nosotros. Con frecuencia, como recuerda Ovidio, se siente el abandono de quienes más nos debían. La ancianidad es antesala natural de la muerte y del juicio divino; antesala, según el plan de Dios, del gozo y descanso eternos. Pero no se puede olvidar que la ancianidad pertenece todavía al tiempo del peregrinaje terreno. Es, por tanto, tiempo de prueba, tiempo de hacer el bien, tiempo de labrar nuestro destino eterno, tiempo de siembra. No puede concebirse la vejez como una época fácil de nuestra vida. A los trabajos propios del peregrinaje sobre la tierra —eso es la vida humana— se suman la progresiva pérdida de fuerzas, la inercia de cuanto se ha obrado anteriormente, los característicos defectos de la vejez contra los que es necesario luchar, los inconvenientes que plantea este siglo nuestro tan inhumano.

Es inevitable envejecer; pero no se puede ser buen anciano —y son tan necesarios— sin mucha gracia de Dios y sin una continua lucha personal. Por ello, la vejez, que es tiempo de serena recogida de frutos, puede ser también tiempo de naufragios. Se atribuye al general De Gaulle esta descripción amarga de la ancianidad: «La vejez es un naufragio.» La frase debe calificarse en ocasiones como de muy justa. No es sólo un naufragio de las fuerzas físicas o una disminución paulatina de las mismas fuerzas morales: inteligencia y voluntad. Es un naufragio de todo el hombre. Digamos que en la vejez puede revelarse con todas sus fuerzas —y sin piadosas vendas que lo oculten—el naufragio de toda una vida. Tantas veces el estrepitoso derrumbamiento moral de la vejez muestra que se naufragó en la adolescencia, en la juventud, en la madurez. Metido en la corriente de la vida, se intentó almacenar, como el cocodrilo, las pequeñas piezas cobradas en sórdidas cacerías, y el paso del tiempo lo único que hace es difundir su olor a podrido.

En oposición a la adolescencia —que es tiempo de promesas y de esperanzas, tiempo en que el ensueño desdibuja los perfiles de las cosas y de las acciones—, la ancianidad es tiempo de recuento, de verdad desnuda, de examen de conciencia. Y aquí radica no poco de su utilidad y de su grandeza. Digamos que la misma debilidad de la vejez es su mayor fuerza y, a una mirada cristiana, uno de sus principales encantos.

Y no es que sea aceptable la concepción del hombre como un ser-para-la-muerte, un ser que alcanzase su realización en la propia destrucción. Quédese esto para quienes conciben al hombre como un ser vomitado con la amargura de quien se cree hijo del azar y no de una omnipotente y amable sabiduría creadora. E1 hombre no es fruto del azar. Su misma estructura material ha sido delineada por la sabiduría amorosa del Creador; infundióle Dios un alma inmortal, capaz de conocer y de amar trascendiendo lo efímero, capaz de desear una vida y un amor eternos. El hombre fue creado para vivir, y no para envejecer o morir.

Y. sin embargo, la misma debilidad de la vejez —que es un mal, en cuanto que es carencia de vida— es su mayor fuerza. Lejanos ya los sueños de la adolescencia y los delirios de la juventud, el anciano puede enfrentarse a la verdad con una sobriedad y con un realismo superiores a los de las demás épocas de la vida. Se hace así más fácil descubrir con una nueva nitidez lo que es importante y lo que es intrascendente, distinguir lo fugaz de lo que permanece. La ancianidad pertenece al ciclo vital humano. Antesala de la muerte, la vejez prepara para el encuentro definitivo con Dios, para ese juicio divino que va a recaer sobre toda nuestra existencia.

La debilidad inherente a la vejez ayuda a despojarse de todo vano afán, de toda estúpida soberbia. Si a lo largo de la existencia el hombre superficial ha podido olvidarse de su humilde origen, de que ha sido hecho, de que es una débil criatura, la vejez le otorga una oportunidad inmejorable para volver al sentido común, a la contemplación de las realidades elementales. La ancianidad facilita el cumplimiento de aquella primera regla del ideal,... —conócete a ti mismo—, expresión que en su sentido inicial quería decir: conoce tus limitaciones, tu condición mortal respecto a los inmortales, para que no te rebeles contra ellos.

La ancianidad es tiempo de recoger frutos y tiempo de siembra. Siendo un mal, Dios la ha permitido, porque de ella pueden surgir bienes superiores. E1 dolor, la soledad, la sensación de impotencia, se convierten —tantas veces— en imprescindible colirio para curar los ojos del alma y abrirlos a las realidades trascendentes. También la ancianidad está bajo la mano providente y amorosa de nuestro Padre Dios.

La medicina divina es enérgica, pero el hombre sigue siendo hombre y libre: puede no aprovecharla. Es posible que quien naufragó a lo largo de toda su vida naufrague también en esta última época, ya cercana la última batalla entre el pecado y Dios, en que se juega la suerte eterna. El proceso de involución, que se inició con el primer pecado y que ha podido irse acelerando —generalmente por la pereza y la soberbia—, puede seguir avanzando, y la egolatría terminar en un lamento estéril por el ídolo caído. Se avanzaría así, casi inexorablemente, hacia el endurecimiento total del corazón, precursor del infierno. Y es que la ancianidad, como toda época de la vida, puede ser bien vivida o mal vivida; pero es una época quizá fatigosa —¿cuál no lo es?—, en la que Dios nos espera, nos asiste, llama a la puerta de nuestro corazón, y en la que tiene más importancia de lo que a veces sospechamos la respuesta de nuestras libres decisiones.

No es la vejez una época vacía o inútil. Es época de lucha, de heroísmo, de santidad. A pesar de la decadencia física, la gracia de Dios rejuvenece el alma con fuerzas sobrenaturales, hacienda la santidad tan asequible como en la adolescencia.

Pero decíamos que, a una mirada cristiana, la ancianidad tiene un encanto especial, como la niñez, la enfermedad o la pobreza. En efecto, si cada hombre es Cristo, los débiles lo son especialmente. Dios, que es misericordioso con todas sus criaturas, siente una ternura especial por las más desamparadas. Los enfermos, los niños, los ancianos son de una forma especial el mismo Cristo que nos sale al encuentro. Resuenan con fuerza eterna aquellas palabras del Maestro en la descripción del juicio final: «Venid, benditos de mi Padre, entrad a poseer el reino que os está preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber (...); estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; (...) En verdad os digo, cuantas veces se lo habéis hecho a uno de los más pequeños de estos mis hermanos, a mí me lo habéis hecho» (Mt. 25, 34-40)

Los ancianos constituyen en realidad una parte importante del tesoro humano y sobrenatural de la humanidad entera. La picaresca de un mundo deshumanizado —precio inherente al ateísmo— se esfuerza en poner de relieve que los ancianos son una carga, subrayando sus defectos. A este triste materialismo hedonista sólo hay un yugo que no le parece insoportable: la esclavitud a placeres desnaturalizados en un frenesí cada vez más insaciable.

No es verdad que los ancianos sean inútiles o constituyan una carga difícil de soportar, aunque a veces su misma debilidad material les convierta en ocasión de que los hombres y la sociedad entera practiquen con ellos la virtud de la caridad en cumplimiento de unas dulces obligaciones que, casi siempre, dimanan de estricta justicia. ¡Ellos, en cambio, aportan tantas cosas con su presencia! Nos dieron mucho, cuando se encontraban en plena fuerza; nos lo dan ahora, en el ocaso de su vida, con su presencia venerable, con su sufrimiento silencioso, con su palabra acogedora. Privar a la humanidad de los ancianos sería tan bárbaro como privarle de los niños. Dios cuenta con los ancianos para el bien de todos nosotros. Ellos son útiles en tantas cosas humanas; son útiles, sobre todo, en el aspecto sobrenatural. Forman parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y lo enriquecen con su santidad, con su oración, con sus sacrificios. Si ninguna vida es inútil a los ojos de Dios, mucho menos puede serlo la de aquellos que sufren física o moralmente. Estas vidas, en las que se refleja con especial vigor la Cruz de Cristo, adquieren a la mirada divina un relieve y un valor inexpresables.

Los ancianos, vivificados par la gracia de Dios, pueden ejercer ese «sacerdocio real» de que habla San Pedro (1 Pedr 2, 5 ), ofreciendo su vida —unidos a Cristo— como acción de gracias, como impetración, como reparación. La vida, entonces, se ennoblece, y el alma descubre horizontes de universalidad insospechados.

Es la vejez tiempo de sufrimiento, tiempo de santidad, tiempo de hacer el bien. Es la vejez, también, tiempo de despedida; y en las despedidas se suelen decir las cosas más importantes. No es la vejez —no puede ser— tiempo de jubilación en lo que se refiere a la ayuda humana y sobrenatural a los demás. Aunque las circunstancias han cambiado, permanecen en su sustancia las mismas obligaciones y los mismos lazos entrañables que fuimos adquiriendo durante la vida. Ningún bien nacido puede recordar a sus padres, ya ancianos, sin conmoverse. Cuando la muerte nos los arrebata, sentimos una irreparable pérdida, nos duele la orfandad, aunque les sabemos en el cielo. No es sólo la sensación lógica de haber perdido la tierra donde hundíamos nuestras raíces; es, por encima de eso, el claro convencimiento de que con ellos se nos ha ido el cariño más desinteresado, de que hemos perdido nuestra mejor custodia. Nos damos cuenta, quizá demasiado tarde, de que, a pesar de su invalidez, eran nuestro mejor tesoro, de que con su presencia nos hacían mucho bien. Nos conforta la seguridad de que, ahora de una forma invisible, nos siguen custodiando desde el cielo, de que conservamos los mismos vínculos, ahora más queridos y beneficiosos. Y nos queda el orgullo de que en ningún momento, ni siquiera en los de su mayor postración, nos fueron inútiles. Su rostro deseado, surcado por las arrugas de tantos sufrimientos, es ahora una de esas pequeñas luces que iluminan indeficientemente la noche de nuestra vida. De su mano —que antaño nos enseñó a andar— podemos aprender —aún en nuestra misma ancianidad— esas lecciones que son las que más importan, las que orientan toda la vida hacia su verdadero centro: hacia esa Hermosura, esa Bondad y ese Poder indeficientes de nuestro Padre-Dios; hacia esa fecundidad del espíritu que no mengua cuando el vigor de la carne muere.
Y........Aún seguimos siendo soberbios?
Los quiero mucho..,Edo

jueves, 4 de noviembre de 2010

ENTRE EL AMOR Y EL ODIO

Se ha dicho que hay que amar al prójimo "como a ti mismo". Pero esto significa lo siguiente: el amor de sí mismo, la afirmación del propio ser, ofrece la forma y la medida para el amor al prójimo. El amor de sí mismo es una cosa natural y necesaria, sin la que el amor al prójimo perdería su propio fundamento. Pero ¿cómo es posible encontrar una unidad interna en estos dos grupos?.

Todos los hombres han sido llamados a la salvación. El hombre es querido y amado por Dios y su tarea máxima consiste en corresponder a este amor. No puede odiar lo que Dios ama. No puede destruir lo que está destinado a la eternidad. Ser llamados al amor de Dios es ser llamados a la felicidad. Ser felices es un deber humano-natural y sobrenatural.

Cuando Jesús habla de negarse a sí mismo, de perder la propia vida, etc., está indicando el camino de la justa afirmación de sí (amor de sí mismo) que reclama siempre un abrirse, un trascender. Pero la necesidad de salir de sí, no excluye la autoafirmación, sino todo lo contrario: es el modo de encontrarse a sí mismo y de "amarse".

No es difícil odiarse a sí mismo, pero las gracias de las gracias sería amarse a sí mismo como un miembro del cuerpo de Cristo. El realismo de esta afirmación es evidente. Hay muchas personas que viven en contradicción consigo mismas. Su aversión a sus propias personas, su incapacidad de aceptarse y de reconciliarse consigo mismas, queda muy lejos de la “auto – negación “ pretendida por el Señor. Quien no se ama a sí mismo no puede amar a su prójimo. No le puede aceptar “como sí mismo“, porque esta contra sí mismo y por tanto es incapaz de amarle partiendo de los profundo de su ser.

Todo esto significa lo siguiente: egoísmo y amor auténtico de sí mismo no solo no son idénticos, sino que se excluyen. Uno puede ser un gran egoísta y estar en discordia consigo mismo. Sí, el egoísmo proviene con frecuencia precisamente de una lesión interna, de un intento de crearse otro yo, mientras que la justa relación con el yo crece con la libertad de sí mismo.

martes, 19 de octubre de 2010

LA FAMILIA Y SUS RETOS

Si bien en la relación conyugal se presentan dificultades que no están determinadas por la época y serán las mismas a pesar del tiempo, es evidente que en nuestros días existen más desafíos que en los tiempos pasados. “El matrimonio no es anacrónico en absoluto. Pero es un reto -hoy más que nunca- mantenerse unidos uno al otro”; ¿por qué? es lo que se analiza a continuación.

El siglo XXI ha traído consigo una serie de cambios –sociales, políticos, educativos, científicos, tecnológicos…- algunos de ellos favorables, como otros que han hecho mella en la institución matrimonial y por consiguiente en la familia. Por tanto, se convierte en una necesidad básica que los esposos construyan bases sólidas además de decisiones fehacientes, las cuales deberán permanecer firmes pese a las influencias negativas ofrecidas en el ambiente circundante. He aquí una descripción a nuestro modo de ver, de los cinco retos principales que deben enfrentar los matrimonios de estos tiempos:

Infidelidad y sexualidad: la opinión pública, al que igual que varios medios de comunicación actuales, no protegen ni promocionan el matrimonio, incluso se podría decir que se hace propaganda a la infidelidad. Asimismo, hay que tener especial cuidado con la tergiversada sexualidad, es decir, aquella que parte de una concepción utilitarista, la cual carece de su carácter humano y afectivo-emocional, en donde el único objetivo es satisfacer los impulsos, los sentidos, la gratificación física. Cuando la sexualidad ha perdido su norte, se dan todas las condiciones para caer en la infidelidad, pues es una búsqueda de goce inmediato, que no mide las consecuencias que ello conlleva.

Relación trabajo-familia: se hace más patente en la actualidad que en las épocas pasadas, la distribución desequilibrada del tiempo a favor del trabajo y en contra de la familia. “Muchas veces los esposos tienen distintos campos de acción, ya sea en la familia, en la profesión fuera del hogar. No se ven durante muchas horas del día. Sin embargo, tienen contacto con otras personas, hombres y mujeres, y con ellos comparten sus intereses y planes profesionales. Cuando vuelven cansados a casa, ya no tienen fuerzas para dialogar o hacer planes y esto genera una distancia entre los esposos.”
No obstante, también hay que reconocer que es un problema de parte y parte, pues falta conciencia de ciertas empresas para propiciar horarios justos y flexibles, como también es preciso que los trabajadores aprendan a delimitar los espacios y reclamen respeto hacia sus prioridades familiares.

El manejo de las nuevas tecnologías: existe una frase coloquial de autoría desconocida que expresa: “la tecnología es aquello que acerca a los desconocidos y aleja a los conocidos”. En la actualidad, muchos reprochan de sus cónyuges el mal uso de los dispositivos móviles, computadores, celulares, entre otros, pues pareciera que desplazan a la familia o a su propia pareja. Es un verdadero reto para los matrimonios jóvenes, establecer los límites de las nuevas posibilidades comunicativas que brindan los avances tecnológicos.

Las crisis matrimoniales y la actitud ante las dificultades: algunas corrientes modernas pretenden vender la ideal del “matrimonio desechable”, el cual promulga que ante la primera dificultad que se presenta, se acuda al divorcio como la primera opción de una supuesta solución. La intolerancia e incapacidad para afrontar las crisis naturales de toda relación, ha hecho que el matrimonio pierda su seriedad, compromiso, responsabilidad y respeto frente a una institución sagrada.

La mujer ayer y hoy: no es para nada reprochable que la mujer haya alcanzado niveles tan altos en los espacios empresariales, como los hombres. No obstante, esta circunstancia propia de los últimos años, ha hecho que el concepto de liberación femenina se haya ido por otros caminos; como resultado: hogares desprovistos de una esposa y madre, quien se ocupa mayoritariamente en conquistar los terrenos laborales.
La reflexión anterior puede tener algo de certeza, pero si de allí no se pasa a la acción, entonces no habremos logrado nada. Vale la pena que los cónyuges le echen un vistazo a estos cinco retos y emprendan un plan con tareas concretas para evitar naufragar en estas circunstancias.

martes, 12 de octubre de 2010

VERDADERO APOSTOLADO

En estos tiempos, donde se vive a ritmos completamente acelerados y en muchos hogares los padres están ausentes gran parte del día por razones laborales, los momentos en los que la familia está reunida compartiendo son cada vez menos.

Y cuando por fin, tarde en la noche la familia está reunida en el hogar, la mayoría de las veces los niños están jugando en el computador, o viendo televisión, así, la tecnología se transforma en un elemento que distrae y que no permite que se comparta una buena conversación en familia.

La idea es recuperar como sea estos momentos de reunión familiar, que son fundamentales para el buen desarrollo de nuestros hijos y que además ayudan a mejorar la convivencia dentro del grupo familiar.

Por eso, te recomendamos menos televisión, menos chateo en el computador y más ratos en el living de la casa, compartiendo las experiencias que vivieron cada uno de los integrantes de la familia durante el día.

La diversión no es mala, sino todo lo contrario, sin embargo, si es en familia mucho mejor, ideal sería mantener activa a la familia con juegos de salón, eso para la noche o los días muy fríos, pero, sin duda que la mejor alternativa de todas, son los juegos al aire libre, se puede ir de paseo, al cerro, alejándose así de la contaminación de la capital, y para las personas de regiones, un paseo y una buena caminata familiar de fin de semana es lo recomendable.

Dentro de estas actividades al aire libre puedes practicar deporte con tus hijos. Sale a andar en bicicleta con ellos, enséñales a andar si no saben, son momentos que recordarán para toda su vida y los harán crecer.
“Jugar a la pelota” nunca está demás, sólo se necesita un balón y el entusiasmo de tus hijos, ¿qué panorama más simple y barato que ese?

Dentro del hogar también puedes fomentar la lectura de tus hijos, si ellos te ven leyendo, ellos también leerán. Puedes contarles historias personales o bien leerles un libro, ayúdales con los libros que les dan en el colegio, no se los leas, sólo explícales la temática central, valorizarán mucho que los ayudes a entenderlos.
Lo demás queda en tu imaginación, lo importante es que sus dormitorios sean eso, un lugar sólo para dormir, y no se transformen en lo que son las habitaciones de nuestros niños hoy en día, verdaderos centros tecnológicos llenos de consolas, computadores, televisores, reproductores y un cableado que sólo de mirarlo aterra.
Entretenerse con las nuevas tecnologías no es negativo, hacerlo en exceso sí lo es, y más aún cuando estas entretenciones pasan a ser un elemento de distanciamiento entre los padres y los hijos.

Recuerda que cuando estés con tus hijos debes pasar momentos de calidad. La idea no es estar demasiadas horas con ellos, sino que aprovechar el tiempo que tienes para compartir, haciendo todas las actividades que te sugerimos e inventando las propias…
¡Anímate y entusiasma a tus hijos con estas nuevas entretenciones! Que sin duda son más simples, baratas y recreativas que las nuevas tecnologías.

Recuerda que el apostolado de cada uno, empieza en la casa, si estás bien ahí, en tus grupos es más fácil compartir, pues estarás orgulloso de la vida ejemplar que llevas, y tu familia te lo agradecerá. Nadie dice que es cómodo llevar por el buen camino a una familia, pero si evitamos los malos tratos, la violencia, los gritos, los malos hábitos, todo será como vivir en un paraíso.
Los quiero mucho....Edo

jueves, 7 de octubre de 2010

¿CUAL ES TU CARETA?

En los carnavales modernos algunos se disfrazan de aquello que habrían querido ser y no han sido. Otros se apropian de personajes o símbolos para ridiculizarlos. Otros, finalmente, buscan la ocultación para conseguir impunidad y anonimato a su conducta desinhibida, abusiva, grotesca o delictiva. Sin embargo, estos desahogos puntuales tienen menos repercusión en nuestra personalidad que LOS DISFRACES QUE NOS FABRICAMOS PARA VIVIR, habitualmente subconscientes.

En la vida ordinaria solemos usar DISTINTAS CARETAS que podemos sintetizar en estos cuatro tipos: la negra, la negra con purpurina, la brillante y la transparente.
1.- La careta negra es la de quien se ve y se muestra en negativo. Quizás reconozca en sí algún rasgo positivo “pero”… siempre relativiza y neutraliza lo positivo. La imagen de estas personas se estructura a partir de lo negativo y de sus carencias. Con frecuencia el origen estuvo en la comparación con un hermano o en una educación exigente en vez de estimulante, que subrayó los fracasos exigiendo siempre más. Puede enraizarse también en un gran fracaso o en una serie de fracasos en edad más avanzada. Si nadie le ayuda a encontrar su caudal positivo, dudará de sí mismo y se hundirá en la negrura de su imagen negativa.

Estas personas carecen de confianza en sí mismas porque no encuentran nada en qué apoyarse. Eso no les impide llevar adelante lo que emprenden pero no se atribuyen el mérito sino que lo achacan a la suerte, a los otros, etc. No se sorprenden nunca de sus fracasos o sus defectos, como si siempre los esperasen. Esto refuerza su imagen negativa, aunque no la acepten ni sean muy conscientes de ella. Hay quien la sublima bajo el concepto de humildad y encuentra una compensación en el reconocimiento de su falsa virtud.

2.- La careta negra con purpurina la portan quienes se supervaloran para defenderse de lo negativo. Ellos se reconocen con sombras y luces pero la forma de defenderse cuando les critican es lo que hace decir a los otros que son muy orgullosos, que viven sobre zancos. Se descubre fácilmente a estas personas por la “desproporción” con que se defienden de lo negativo, real o supuesto.

Detrás de esta careta hay una “gran inseguridad” con raíces en un pasado doloroso. En realidad su imagen es negativa, pero la ocultan tras grandes chorreras de purpurina dorada. Se defienden de su secreta imagen negativa con una artificial y exagerada estima. Ante los demás pueden pasar como orgullosos, vanidosos o prepotentes, cuando en realidad…… son pobres personas sin una autoestima real.
3.- La careta brillante se la encajan a fuego quienes se sobrestiman siempre. Tienen un concepto muy elevado de sí mismos y se afanan a toda costa para que los otros les vean brillar. Su vida se organiza en torno al “éxito social”.

El origen pudo ser un ambiente familiar preocupado solamente por el éxito, en el que al niño se le valoró por sus triunfos sociales, escolares, deportivos, etc. sin que importasen los medios empleados o su auténtica personalidad. Se puso el acento sobre el “parecer” y no sobre el “ser”. Esta influencia se acentuó por un sistema educativo y social que valora el éxito intelectual (culto a los títulos) y el éxito social (culto a la carrera, a las relaciones, a la buena posición). Dentro de estos ambientes el niño, el joven y más tarde el adulto no se estructura sobre “lo que es” en su fondo sino sobre lo que los demás aplauden. No se apoya en sus propios cimientos sino en la quebradiza tarima de los otros. No se preocupa de su realización personal sino de su actuación teatral y su hambre de aplausos.
Detrás de estas tres caretas hay inseguridad subconsciente, una personalidad sin cimiento, un ser atrofiado. Estas personas son sicológicamente enanas, les es imposible apoyarse en sí mismas para existir y avanzar en la vida. Esta inseguridad se compensa con los éxitos (o con la apariencia de virtud, que también es un éxito), por lo que el hambre de gloria se acentúa. Si el individuo está bien dotado y nunca tiene fracasos, esto puede durar toda la vida, aunque con una sensación de vacío e infelicidad. Cuando fracasan vuelven a empezar, salvo si el fracaso es demasiado grave. Entonces viene el derrumbamiento y la depresión.

La relación con los demás no es armoniosa, desprecian a los débiles (o no virtuosos), a los que no tienen éxito. Hay “dependencia” de las personas cuyas opiniones pesan. Hay “incapacidad para aceptar la interpelación de los otros” porque falta solidez interior. La respuesta a quienes les cuestionan es la ironía, el desprecio, la suficiencia, la justificación o la prepotencia. A veces la humillación propia, que oculta la “prepotencia de la virtud”. Esta última es una forma sutil de prepotencia: la de sentirse y hacerse ver “mejores” que los otros. Estas personas se reconocen algún defecto, pero sólo porque es de buen tono tener algo que reprocharse. Sobrevaloran la importancia de los modales refinados a los que estas personas son sensibles en exceso.

4.- La careta transparente, para terminar, corresponde a quienes tienen una imagen normal, ajustada a la realidad de su persona. Las caretas anteriores son opacas y buscan aparentar. La transparente se estructura a partir de lo que uno es realmente, ni más ni menos. Las personas que la consiguen se perciben hechas de riquezas y sombras. Pueden caer en la tentación de aplicarse algún colorín o tiznón pasajeros, pero se desmaquillan con rapidez cuando se detectan embadurnados. Su verdad de fondo les apasiona y sirve de guía.

Frente a los otros no tienen dificultad en reconocer tanto sus riquezas como sus límites. Los reconocimientos positivos no les provocan euforia. Los comentarios negativos no les llevan a la desvalorización o a la duda sobre sí mismos. La percepción de su imagen no es rígida ni fija. Su imagen cambia y evoluciona porque integran en ella los elementos nuevos, consecuencia de sus descubrimientos y sus cambios. Frente a las críticas son capaces de dejarse cuestionar sana y serenamente sin buscar la justificación. Son capaces de discernir el valor de sus actos y de sus actitudes sin alienarse a los otros y al ambiente.

Paradójicamente estos últimos -menos protegidos porque no ocultan su personalidad- se suelen sentir más felices dentro de la naturalidad y verdad de sus sonrisas o sus lágrimas, sus lindezas o sus arrugas.

Cuando personas común y corriente quieren testimoniar algo, y se dedican a contar solamente lo bueno y bonito que ha sido su vida, escondiendo detrás las limitaciones, los problemas, los errores, las alteraciones con su vida familiar, poniendo en duda el compartir, poniendo en duda su propio sentir, engañándose a sí mismo, sabiendo que lo que dice es parte de una mentira bien elaborada. Esta es la careta más vista dentro de los grupos. Sí relatáramos lo real, cuanto de nuestros amigos aprenderían escuchando,? Cuantas lecciones de vida se darían a conocer, solo con el hecho de decir el sentimiento de cada uno y por supuesto la verdad?
¿Cuál es tu careta?
¿Con cuál de ellas quieres vivir?

miércoles, 29 de septiembre de 2010

QUERIDA FAMILIA

La familia es aún en nuestros días la estructura fundamental de nuestra sociedad, es una organización que se rige por reglas y dependiendo del tipo así son las familias. Podemos encontrarnos con familias rígidas, sobreprotectoras, permisiva, centrada en los hijos, inestables y estables.

Para diferenciar unas de otras vamos a dar detalles de cómo son cada una. En la familia rígida hay una dificultad grande para asumir, por parte de los padres, los cambios que experimentan sus hijos, aunque pase el tiempo y dejen de ser niños, los padres de esta familia los seguirán tratando como cuando eran pequeños, es una forma de no admitir el crecimiento por eso se muestran rígidos y autoritarios con ellos. En las relaciones un ejemplo de estos padres es cuando su hijo le pregunta, por ejemplo, que por qué no puede ir al parque a jugar y le contestan porque NO, sin dar razones de ningún tipo y si lo hacen lo más probable es que sea: “porque lo digo yo que soy tu padre/madre”.

Las sobreprotectoras como su nombre indica tienen una fuerte preocupación por proteger a sus hijos, pero lo hacen de forma descomunal pasan de una protección a una sobreprotección. Los padres retardan la madurez de sus hijos, no les permiten desarrollarse, ni por supuesto su independencia. Crean una idea pesimista con la evolución normal, es decir, dan por hecho que sus hijos no saben ganarse la vida, que no saben defenderse por sí solos… el caso es que las repercusiones de todas estas cosas dan un resultado nefasto para los hijos que presentan un infantilismo en su personalidad.

La familia permisiva se diferencia de las demás por la pérdida de roles, es decir los padres no quieren caer en autoritarismo y como son incapaces de disciplinar a los hijos, se encubren con la excusa de querer razonarlo todo que desemboca en que los hijos terminen por hacer lo que quieran, sin control alguno. En definitiva los roles de padres e hijos se pierden hasta tal punto que incluso parece que los hijos mandan más que los padres, e incluso se dan caso en el que no se atreven a decir nada por si a caso el hijo se enoja.

Hay otro tipo de familia que se caracteriza por que los progenitores siempre meten a los hijos por medio, algo así como que los hijos son la pieza clave de la familia se centran en ellos, y ni siquiera hablan de la pareja, siempre lo sustituyen por los niños y esto es debido a que lo utilizan como un método de defensa, es decir, como no saben enfrentarse a sus propios conflictos utilizan sacan temas sobre sus hijos, como si ese fuera su único tema de conversación. En este tipo de familia centrada en los hijos lo que se busca es la compañía de los hijos, de esto depende su satisfacción personal. Viven exclusivamente para sus hijos.

Dentro de la familia inestable se puede ver que no llega a ser una familia unida, los padres no tienen metas comunes y eso les lleva al problema de no saber escoger cómo y cuáles son los principios que quieren inculcar a sus hijos, cuál es el tipo de mundo que quieren que aprendan sus hijos, se presenta una ambiente de inestabilidad que hace que los hijos crezcan en ese ámbito con una personalidad marcada por la inseguridad, la desconfianza, con una imposibilidad afectiva que cuando crecen los forma como adultos incapaces de comunicar sus necesidades, frustrados, con grandes sentimientos de culpa por no ser capaces de exteriorizar sus sentimientos.

Por último, la familia estable. En ella hay un claro reparto de roles, las enseñanzas y valores que se quieren dar a los hijos son claras, llenas de perspectivas y de futuro. Hay ilusión y se encuentran todos los miembros unidos y queridos, dando como resultado seguridad, estabilidad y confianza. Cuando los niños crecen como han tenido metas y no solo las han conseguido sino que han sido apoyado y llenos de afecto, se convierten en adultos independientes y sin ningún problema a la hora de expresar sus necesidades o de mostrar afecto.

Estos los diferentes tipos de familias que se dan en nuestra sociedad, aunque no todo se puede encasillar, por supuesto que hay variantes, pero por lo general el centro neurálgico de las familias se puede comparar con alguna de ellas.

Pero lo interesante que no se nos puede olvidar es que debemos reflexionar sobre la importancia de las experiencias vividas, las situaciones que nos han aportado fortaleza o por el contrario debilidad, el carácter al igual que los valores, se fraguan en la familia y son las que nos condicionan y marcan la vida adulta de cada miembro.