viernes, 24 de septiembre de 2010

VALORES MORALES

Si esto se desarrolla inteligentemente y se maneja sabiamente, llevará a relaciones humanas correctas, basada en el espíritu de alegría, amor y a una nueva orientación de individuo a individuo, y de todos hacia la potencia suprema a la que damos el nombre de Dios.

Practicadas en términos racionales, estas realizaciones eliminan el conflicto y la competición en los diversos aspectos de la sociedad. Si cada persona lucha para él mismo y su propio interés, no puede haber "armonía social", tranquilidad, seguridad y unidad, ni libertad o bienestar.

El valor humano fundamental necesario hoy en día para una vida mejor en la sociedad en la que vivimos, es la utilización simple y práctica de la energía de buena voluntad. La Buena Voluntad es una actitud mental inclusiva y cooperativa, es "amor en acción", fusiona el corazón y la mente en una condición de sabiduría y de inteligencia creadora, "estimula la justicia" y la integridad de aquellos que tienen influencia y autoridad. Es realmente la piedra angular de la sociedad humana que responde a los valores de la nueva era.

Sostengamos por medio del pensamiento y la acción a aquellos que actúan con buena voluntad en nombre del "bien general para todos los pueblos".

Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos. (Lucas 6:31)
Si creemos tanto en Dios, deberíamos tener presente estos valores......
Los quiero mucho

jueves, 16 de septiembre de 2010

LA SOBERBIA

La soberbia consiste en concederse más méritos de los que uno tiene. Es la trampa del amor propio: estimarse muy por encima de lo que uno vale. Es falta de humildad y por tanto, de lucidez. La soberbia es la pasión desenfrenada sobre sí mismo. Apetito desordenado de la propia persona que descansa sobre la hipertrofia de la propia excelencia. Es fuente y origen de muchos males de la conducta y es ante todo una actitud que consiste en adorarse a sí mismo: sus notas más características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria, situarse por encima de todos lo que le rodean. La inteligencia hace un juicio deformado de sí en positivo, que arrastra a sentirse el centro de todo, un entusiasmo que es idolatría personal.
Hay dos tipos de soberbia; una que es vivida como pasión, que comporta un afecto excesivo, vehemente, ardoroso, que llega a ser tan intenso que nubla la razón, pudiendo incluso anularla e impedir que los hechos personales se vean con una mínima objetividad. La otra es percibida como sentimiento cursa de forma mas suave y esa fuerza se acompasa y la cabeza aún es capaz de aplicar la pupila que capte la realidad de lo que uno es, aunque sólo sea en momentos estelares. Entre una y otra deambula la soberbia, transita, circula, se mueve y según los momentos y circunstancias hay más de la una o de la otra.

La soberbia es más intelectual y emerge en alguien que realmente tiene una cierta superioridad en algún plano destacado de la vida. Se trata de un ser humano que ha destacado en alguna faceta y sobre una cierta base. El balance propio saca las cosas de quicio y pide y exige un reconocimiento publico de sus logros. Para un psiquiatra , estamos ante lo que se llama una deformación de la percepción de la realidad de uno mismo por exceso.

Ante la soberbia dejamos de ver nuestros propios defectos, quedando éstos diluidos en nuestra imagen de personas superiores que no son capaces de ver nada a su altura, todo les queda pequeño.

No podemos olvidar, que para estar bien con alguien, para establecer una relación de convivencia estable y que funcione hace falta estar primero bien con uno mismo
4.- En la soberbia se hospeda una obsesión exagerada por uno mismo, que ha ido conduciendo a una excesiva evaluación del propio mérito. Y afloran términos como alardear, jactarse, vanagloriarse.

Lo contrario de la soberbia es la humildad. Todo el edificio de la persona equilibrada se basa en una mezcla de humildad y autoestima. La una no está reñida con la otra. Una persona que reconoce sus defectos y lucha por combatirlos y a la vez, tiene confianza y seguridad en sus posibilidades.

Entre la soberbia, el orgullo y la vanidad hay grados, matices, vertientes y cruzamientos recíprocos. Por esos linderos se suele acabar en el narcisismo, patrón de conducta presidido por el complejo de superioridad, la necesidad enfermiza de reconocimiento de sus valías por parte de la gente del entorno y la permanente autocontemplación gustosa.

Sólo el amor puede cambiar el corazón de una persona. Cuando hay madurez, uno sabe relativizar la propia importancia, ni se hunde en los defectos ni se exalta en los logros. Y a la vez, sabe detenerse en todo lo positivo que observa en los que le rodean. Saber mirar es saber amar. A lo sencillo se tarda tiempo en llegar.

Los quiero mucho

LA SOBERBIA

En el cristianismo, el orgullo se define como aquella persona que se envanece a sí misma, olvidando a sus semejantes y a Dios.

Genéricamente se define como la sobrevaloración del Yo respecto de otros por superar, alcanzar o superponerse a un obstáculo, situación o bien en alcanzar un status elevado y subvalorizar al contexto. También se puede definir la soberbia como la creencia de que todo lo que uno hace o dice es, SUPERIOR y que se es capaz de superar todo lo que digan o hagan los demás. También se puede tomar la soberbia en cosas vanas y vacías, y en la opinión de uno mismo exaltada a un nivel crítico y desmesurado (prepotencia).

Para la Iglesia católica romana, en particular, la soberbia encabeza la lista de los pecados capitales que escribiera Santo Tomás de Aquino.

La soberbia se la concreta con el deseo de ser preferido a otros, basándose en la satisfacción de la propia vanidad, del Yo o ego. Por ejemplo, una persona soberbia jamás se "rebajaría" a pedir perdón, o ayuda, etc.
La soberbia ataca con dos dardos: la ira y la envidia.

SABIAS PALABRAS, PARA ESO ESTAMOS.......

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Y...EN RELACION A LOS LAICOS

Una sola cosa...¿Quién sirve a quién?
No sería bueno, hacer notar alguna diferencia?
Al parecer hemos vivido equivocado por siempre...

lunes, 30 de agosto de 2010

QUE ES UN LAICO?

Muchas veces se piensa o se dice que los laicos somos cristianos de segunda categoría, valemos menos que los sacerdotes y las religiosas, somos cristianos incompletos y no tenemos derecho a opinar, decidir o llevar a cabo nada en la Iglesia. En los consejos parroquiales, muchos sacerdotes se limitan a informar e imponer sus propias decisiones. En cuanto a consejos económicos de las parroquias, prácticamente no existen. Cuando se trata de un curso de formación, un retiro o un encuentro especial, se invitan a sacerdotes o religiosas de afuera, pero muy pocas veces a un laico para que dé la charla. Los ministros extraordinarios de la comunión son objeto de susceptibilidades y calumnias, las Celebraciones de la Palabra que puede hacer un laico cuando no hay sacerdote, no encuentran mucho interés. Los catequistas del campo, laicos muy entregados a su servicio, no tienen mucha importancia una vez que aparece el sacerdote.
En esta concepción del laico, y en estas prácticas frente a él, hay un error teológico fundamental. Es que los laicos no somos cristianos de baja categoría, sino somos nosotros primera categoría en la Iglesia. Y no solamente somos la mayoría, sino somos nosotros lo más importante en la Iglesia. Todo el resto que hay en la Iglesia, existe para servirnos a nosotros, los laicos.
Estas afirmaciones tal vez pueden chocar a uno y otro laico, y pueden tal vez incluso ofender a algunos sacerdotes. No es esta mi intención. Pero sí intento afirmar la importancia que tenemos nosotros, los laicos en la Iglesia, frente al resto de los miembros de la Iglesia, y frente al mundo. En primer lugar, diré entonces, cuál es nuestro papel, nuestro rol y nuestra importancia en la Iglesia. Y en segundo lugar, cuál es nuestra relación con los no laicos en la Iglesia. Veamos.

Los laicos en la Iglesia.....

¿Qué quiere decir "laico"? Esta palabra viene del idioma griego, y significa "el que pertenece al pueblo". Este era el significado en el mundo griego, aún fuera de la Iglesia. El que pertenece al pueblo en un sentido específico: No tiene ningún cargo. No es autoridad, alcalde, concejal, policía, oficial, juez y no tiene ninguna otra función. Nosotros diríamos: "es base".
Así en el pueblo griego se llamaban laicos todos los adultos que tenían derecho de ciudadanía, menos las autoridades. Y como la Iglesia ha formado sus estructuras en el mundo griego, cuando buscaban una palabra para todos los cristianos que no eran sacerdotes, diáconos y obispos, los llamaban también "laicos". Recordemos lo que quiere decir esto: Los que pertenecen al pueblo con todos los derechos, porque son mayores de edad, son ciudadanos. Ahora bien, si entendemos a la Iglesia como el Pueblo de Dios, nosotros, los laicos, tenemos en ella todos los derechos. Somos mayores de edad, somos de primera categoría.
Y existe también una razón teológica para afirmar esto: En todos nosotros, en cada uno y en cada una, vive el Espíritu Santo. El Apóstol San Juan nos dice en su primera carta: "Y en cuanto a ustedes, la unción que han recibido de Él permanece en ustedes y no necesitan que nadie les enseñe." (1 Jn 2,27) La unción que hemos recibido, es el Espíritu Santo. Y si el Espíritu Santo permanece en nosotros, dice San Juan, no necesitamos que nadie nos enseñe. Porque él mismo nos enseña todo lo que necesitamos saber. No quiero afirmar que no necesitamos la Iglesia ni mucho menos la Palabra de Dios de la Biblia. Pero sí quiero decir que no dependemos en nuestra fe de la enseñanza de los sacerdotes. Somos mayores de edad. Somos laicos.

Los laicos y los demás miembros de Cristo

Entonces, si ello es así, ¿para qué necesitamos a los sacerdotes? ¿Para qué sirven? Sirven justamente para afirmarnos y apoyarnos en nuestra mayoría de edad. Sirven para servirnos. Así lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica: "El ministerio ordenado o sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio bautismal." (CatIC 1120) El sacerdocio bautismal somos nosotros, todos los bautizados somos sacerdotes por este sacramento. A diferencia de este sacerdocio común existe el sacerdocio ministerial u ordenado. ¿Qué quiere decir "ministerial"?
Al servicio de los demás. Los sacerdotes ordenados están al servicio de los demás cristianos, de los laicos. Vuelvo a citar el Catecismo:
Mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según el Espíritu), el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos. (CatIC 1547)
En la práctica de nuestras parroquias, muchas veces vemos todo lo contrario: Los laicos estamos al servicio de los sacerdotes. Ellos son los dueños de las parroquias, nosotros tenemos que servirles. En realidad, la Iglesia manda que tiene que ser al revés. Es la vida cristiana del laico la que cuenta en ella. El trabajo del sacerdote solamente está al servicio del desarrollo de la fe, de la esperanza y del amor de los laicos. Por esto digo, que nosotros somos lo más importante en la Iglesia. Los sacerdotes, los obispos, las religiosas y los diáconos existen en función de nosotros, tienen que apoyarnos en nuestra vida cristiana.

La misión del Laico

Todo lo que he dicho hasta ahora, no lo dije para que nos sintiéramos mejor. O para que nos pensáramos los mejores, los predilectos o los elegidos. Lo he dicho, para que pudiéramos entender mejor nuestra propia misión como laicos. Cuántas veces, frente a la situación de nuestro país, se ha escuchado decir: "La Iglesia debería pronunciarse frente a esto." Cuántas veces, también nosotros decimos "la Iglesia debería..." y "la Iglesia tendría que...", pensando que la Iglesia son los obispos y sacerdotes. Si recordamos bien lo que acabo de decir, si "la Iglesia debería", somos nosotros los que debemos. Y si "la Iglesia tendría que", somos nosotros los que tenemos que hacer algo. Los sacerdotes y obispos están al servicio de nuestra fe y nuestro amor. Si queremos que este mundo cambia, no debemos esperar a que actúen nuestros pastores. Si queremos que se ayude a los pobres de este país, no debemos exigir que lo hagan nuestros obispos. Si queremos que se trabaje a favor de la justicia, no debemos reclamar las homilías y pronunciamientos de los sacerdotes. Y también, si queremos que nuestra parroquia sea más cristiana, más acogedora y más humana, no debemos culpar a nuestro párroco.
Nosotros somos la Iglesia, y nosotros tenemos la misión de construir el Reino de Dios en este mundo y de vivir una Iglesia que sea signo de este Reino. Es nuestra misión. La Iglesia no tiene dos misiones diferentes, una grande para el clero y una chiquitita para los laicos. Tiene una sola misión, la de continuar la obra de Jesús, y esta misión es nuestra.
Por esto, si nos sentimos primera categoría en la Iglesia, debemos también actuar así. Si la misión de la Iglesia es nuestra misión, debemos desempeñarla. Entonces, ¿cómo podemos hacer esto? ¿Cómo desarrollamos esta misión? Cuando Jesús envió a sus discípulos a predicar en "las ciudades y sitios a donde él había de ir" (Lc 10,1), les dio en una ocasión tres encargos: "coman lo que les pongan; curen los enfermos [...], y díganles: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes’." (Lc 10,8s) Estos tres encargos valen también para nosotros y nos explican, cuál es nuestra misión de laicos.
"Coman lo que les pongan"

En primer lugar, Jesús nos dice: "Coman lo que les pongan." Es una advertencia sencilla y tal vez un poco rara. Pero si lo tomamos en serio, no siempre es tan fácil. Si nosotros vamos al campo, y nos ofrecen un plato, no siempre es muy fácil comerlo. Lo que Jesús nos quiere decir con esta advertencia es, debemos respetar la cultura de los demás. Debemos respetar también la pobreza de los demás. Debemos aceptar a las personas tal como son y no desear desde el principio algo distinto. La persona vale más que el plato que puede ofrecer o el idioma que habla o la vestimenta que tiene puesto.
Todo esto es parte de nuestro testimonio de vida. Este testimonio puede mucho más que nuestros discursos y más aún que nuestras obras. Si rechazamos el plato de comida o si rechazamos a una persona por su cultura, no vamos a poder cumplir con nuestra misión. Esta misión empieza con las cosas sencillas, nuestra manera de actuar, de relacionarnos, con la sencillez y la humildad. Empieza con el respeto a todas las personas que Dios ha creado.

"Curen los enfermos"

La segunda advertencia que Jesús les da a sus discípulos y también a nosotros, es "curen los enfermos". Nosotros no vamos a poder curar como él curó. Pero lo que nos dice este mandato de Jesús es, debemos preocuparnos de lo corporal y de lo material. No en el sentido que le quiere dar nuestra sociedad a lo material. En nuestra sociedad cuenta más quien tiene más. La acumulación de lo material se ha convertido en idolatría. Lo que Jesús nos manda es: Tenemos que preocuparnos de los problemas corporales y materiales de los pobres. Tenemos que buscar la justicia, la igualdad, la liberación de todos. Estas cosas no son mundanas y no figuran en un segundo plano para los cristianos. Es una de las advertencias centrales de Jesús para sus discípulos.
"Díganles: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes’."

Y en último lugar, Jesús también nos envía a decir: "El Reino de Dios está cerca." También nosotros, los laicos, participamos en este anuncio explícito de la palabra de Dios. Podemos anunciar a todo el mundo el amor que Dios nos tiene. Podemos anunciar su preferencia para los pobres y para los que sufren. Podemos, al mismo tiempo, denunciar todo lo que va en contra de la voluntad de Dios: la injusticia, la violencia, la corrupción, el maltrato. Y podemos invitar a todos a vivir ya de esta realidad tan cercana del Reino de Dios. Para nosotros, los cristianos, la realidad ya cambió. Ya no valen los valores de este mundo. Ya no valen el éxito, la riqueza, el prestigio. Lo que ahora vale es la solidaridad, el amor, la alegría y la justicia.

Jesús nos dice: "coman lo que les pongan; curen los enfermos y díganles: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes’." Nosotros, como laicos, podemos cumplir con esta misión. Es nuestra. No podemos esperar hasta que otros en la Iglesia cumplan con ella. Nosotros somos la Iglesia.

lunes, 23 de agosto de 2010

EL ENGAÑO

Cuando escuchamos de engaño lo asociamos a decepción, traición y mentira. También, al dolor psicológico que eso conlleva. Engañar es faltar a la verdad en lo que se dice, se hace, se cree o se piense. Asimismo, es dar a lo falso apariencia de veracidad o provocar que alguien tenga por cierto lo que no lo es. El autoengaño es cerrar los ojos a la realidad, por ser más grato y cómodo aceptar la mentira, . El engaño que más ocurre es el de un ser querido o el de la persona a quien amamos. El dolor que nos causa es porque normalmente no podemos concebir que alguien que nos quiera nos mienta. Si un adversario o desconocido nos engaña le llamamos estafador o mentiroso pero si nos tima el ser amado nos sentimos desolados. En estos casos, el engaño más frecuente es por temor a enfrentar la ira del otro.

Por otra parte, no solamente el engaño tiene que ver con los familiares o el cónyuge. Sembrar falsas ilusiones también es engaño y constantemente estamos percibiendo situaciones, informaciones, publicidad y propaganda de hechos que crean falsas expectativas. Sin embargo, en un sinnúmero de ocasiones no nos damos cuenta y las dejamos pasar, otras veces creemos y vivimos de esas ilusiones hasta el punto de convertirse en verdaderas necesidades. Estas ilusiones o espejismos nos pueden segar el entendimiento a pesar de que la razón nos diga lo contrario.

El ser humano sabe que existe el engaño y no obstante sucumbe ante las tretas. No siempre se está preparado para la trampa por más que se crea, se sea inteligente o se tenga experiencia. Un dicho popular nos advierte: "Al mejor cazador se le va la liebre".

Para enfrentar el engaño lo importante es buscar la mayor información posible, utilizar nuestra intuición, y por último, la razón antes que la emoción. Un viejo proverbio árabe dice que la primera vez que te engañen, será culpa del otro, pero la segunda será culpa tuya.

Cuando nos engañen lo más recomendable es superar la desesperación y los juicios emocionales hasta donde podamos y preguntarnos cuál fue la causa, cómo sucedió y en qué circunstancias. Qué pasó para llegar a esa situación. Además, debemos dejar a un lado el odio o el deseo de venganza. Luego hablar con la persona que nos engañó y confrontarlo pidiendo una explicación.

Abraham Lincoln dijo: "Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo. todo el tiempo".

ME PREGUNTO "Y CUANDO UNA PERSONA ENGAÑA A OTRA, PARA QUE ESA PERSONA ENGAÑE A LOS DEMAS", ¿Que pena tendría?


"EL AUTOENGAÑO ES CERRAR LOS OJOS A LA REALIDAD, POR SER MAS GRATO Y COMODO,... ACEPTAR LA MENTIRA".

Los quiero mucho

sábado, 21 de agosto de 2010

RENCOR

Este es, sin duda, uno de los temas duros de la vida. A su alrededor se han creado catedrales de malentendidos y no pocas enfermedades asociadas a la necedad de continuar siendo víctimas de quienes nos han herido.
Perdonar es la experiencia de paz y comprensión que se siente en el presente. Se perdona al confrontar las reglas rígidas que uno ha trazado
para el comportamiento de los demás, y al enfocar la atención en las cosas
buenas de la vida, no en las malas.
Perdonar no significa olvidar o negar las cosas dolorosas ocurridas.
Perdonar es la poderosa afirmación de que las cosas malas no arruinarán nuestro presente, aun cuando hayan arruinado nuestro pasado.
Hay tres componentes principales que motivan la creación de largos y dolorosos resentimientos:
* Tomar la ofensa exageradamente personal
* Culpar al ofensor por nuestros sentimientos
* Crear una historia de rencor

PERDONAR ES DIVINO....
Los quiero mucho